Largo proceso para olvidar a una mujer que ella jamás conoció. (Segunda parte)
Se escuchaba un tren
por JOHNNY ANTU-HAP
"Tenía unos ojos cristalinos que a la menor provocación brotaban en llanto."
Les juro que se escuchaba un tren para cuando me desperté en ese lugar, en esa cama. No hacía mucho que se había acabado la noche y yo seguía molido de tanto trabajo, de tanto alcohol, de tanto escarbar en el corazón.
Afortunadamente no estaba solo, Camila me había acompañado toda la noche, yo trascribía lo que esa vieja grabadora que había comprado a las afueras de la ciudad, horas antes había grabado y que ahora reproducía, mientras ella leía a Pizarnik en voz alta. Parece que desde un principio se habían caído muy bien, era la primera vez que la leía, y se echó a llorar cuando leyó “El despertar”, al igual que Alejandra; no Pizarnik, sino la otra Alejandra, cuando le regalé ese mismo libro en aquella cafetería que ya no existe.
Sus voces eran muy distintas, pero había muchas similitudes en ellas, se parecían un poco anatómicamente, más o menos misma estatura, misma talla de brasier, Camila es medio número de calzado menor al de Alejandra. A Alejandra le encantaba beber vino conmigo, Camila es más de cerveza de trigo. Los labios de Alejandra eran carnosos, redondos, sobre todo el inferior; nadie me ha besado en la vida como lo hacía Alejandra. En cambio, los labios de Camila son finos y frágiles como la tela de seda, en forma de corazón; encuentro tanto amor en ellos.
Cuando invité por primera vez a Camila a mi casa decidí guardar todas las fotos de Alejandra en mi viejo beliz de la primaria para que no se asustara al ver sus ojos en otra persona, quizá pensaría que estaba buscando a otra persona en ella, pero la verdad no es así, y quizá aun viendo las fotos de Alejandra se daría cuenta luego de contarle tantas cosas sobre ella, que eran muy distintas a pesar de lo que los ojos dijeran. Alejandra era muy impulsiva, Camila, a pesar de lo que quiere demostrar a los demás y mostrarse a sí misma, es muy mesurada, eso me daba mucha confianza, mucha paz, una paz de la que estoy seguro con el tiempo se va a transformar en la felicidad que me brindaba Alejandra.
Aunque ella no lo sabe, es más segura y valiente de lo que cree, es muy abierta a muchas cosas, mejor dicho, le gusta aprender muchas cosas, y yo no quiero enseñarle cosas, quiero verla aprender y abrirse al mundo por sí sola, tal como Alejandra me vio a mi devorar tanta música, libros y películas cuando estuve con ella. Alejandra hacía el amor intensamente y todo el tiempo, siempre había luz en nuestros encuentros. Camila es más pudorosa, lo hacemos con la luz apagada y no lo hacemos con tanta frecuencia, pero es más tierna, más amorosa, y lo que más amo en ella es que hace el amor con todo su cuerpo, entrega cada poro de su persona, de su cuerpo, pensamiento y alma; la siento sin poder mirarla de alguna manera que no sabría explicar.
Los únicos momentos que se había tomado para ella en ese viaje hasta ahora habían sido los dos minutos en que los que llegamos a cargar gasolina y yo fui a comprar agua mientras ella fumaba muy cerca de las maquinas despachadoras de papel en el baño, jamás fumaba frente a mí, y justo anoche en que a las 2:00AM en punto se había puesto a lavar los trastes de la comida y de la cena, prendía su segundo cigarrillo pensando que no volvería de la cama. Me quedé un rato observándola sin que se diera cuenta, sabía que, si llegaba a reparar en mi presencia, apagaría su cigarrillo y me pediría perdón.
En mi casa no permito que nadie fume, ni mi hermano que, aunque no conoce nada de arte, se entusiasma con mis logros, ni mi padre que casi siempre está ausente; mi madre, que casi nunca nos mostraba cariño, pero que nos demostró amor muy a su manera que es estando presente y preocupándose que nada nos haga falta, al igual que yo no fumaba; Alejandra tampoco lo hacía. Por eso a Camila no la dejaba hacerlo, y ella me había dicho que lo dejaría en el preciso momento que le había dado las llaves de mi casa.
Pero ahora estábamos tan lejos de la casa, y tan cerca de los recuerdos que ya no son, que no quería privarla de ese placer suyo, a mi ahora mismo me estaban dando unas tremendas ganas de ponerme a fumar con ella y poner algo de música de Charlie Parker, pero la observaría un rato más antes de asaltarla y sacarla de su concentración. A ella le encanta lavar los trastes, y casi siempre lo hace a esa hora, cuando yo estaba escribiendo garabatos, me encanta mirarla cuando está lavándolos, y más me encanta mirarla mirarme mientras yo la miraba, siempre se ve tan feliz. Nunca lo he hecho, pero quizá un día de estos le pregunte que piensa mientras está lavando los trastes.
Alejandra rara vez lavaba los trastes, a ella si algo le gustaba hacer era cocinar, aunque reconocía que yo era mejor haciéndolo, pero yo no quería privarla de hacer algo que le gustaba, aunque no fuera la mejor, quizá por eso nos gustaba tanto el arte de personas que no eran excelsas, pero que sí podíamos ver su corazón palpitar en sus obras. Nos encantaba comprar pinturas y poemas de artistas callejeros y probablemente drogadictos.
Cuando Alejandra lavaba los trastes no lo hacía a las dos de la mañana, eso es seguro, y jamás reinaba el silencio mientras lo hacía, siempre estaba sonando algún jazz de la vieja escuela, le encantaba Charles Mingus; esa era otra cosa que la diferenciaba de Camila, otra cosa de tantas, quizá la más importante, y la que más me cuesta reconocer, que amo infinitamente más a Camila que a ella, y no sé cómo hacérselo saber.

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