Vibración
por JUAN JOSÉ ANTUNA ORTIZ
Para E.
"De qué sirve tener el convertible descapotable y ser el
empleado del año si estoy solo”
Eran las palabras que había escrito él aquella mañana antes de servirse el vaso entero de whisky sin hielo ni agua, y tomar aquel revólver ganado en una de las únicas dos apuestas que había hecho en toda su vida. Aquella mañana él estaba dispuesto a suicidarse.
Según él, no había ningún motivo para seguir viviendo. Creía, a sus 42 años, que la vida se le había venido encima, que sus mejores épocas, tiempos y alegrías; ya habían pasado. Y no le pesaba haber sido feliz y ya no serlo, o recordar los días buenos, muchos dirían al recordar sus mejores épocas, que sólo las fotografías quedan, pero en el caso de él, ni siquiera eso quedaba, o, mejor dicho; sería bueno que las fotografías reconfortaran un poco la pérdida de días vividos, pero ni siquiera eso le ayudaba, su problema era que ni siquiera los recuerdos le quedaban, no podía recordar nada.
Recordaba personas, rostros, aunque nunca estuviera seguro si al ponerles nombre los estaba colocando de manera errónea, lo que no lograba recordar era escenarios donde esos rostros llegaban a significar algo, y eso le pesaba. Se había refugiado en el alcohol y la cocaína como oso en su guarida durante un invierno muy largo, demasiado largo, tan largo que le daba pena escribir cuántos años llevaba sin sentir que la piel se le erizaba, por eso había decidido aquella mañana quitarse la vida, y eso hubiera hecho si justo en ese instante, su BlackBerry no hubiera vibrado.
Hacía días que no lo hacía, para ser exactos, tres semanas, el tiempo que tenía de vacaciones, el tiempo que tenía sin salir de casa, sin hablar con nadie, nadie que le recordara, nadie que lo buscara. Por supuesto que él también tenía algo de culpa, tampoco había buscado a nadie en un largo tiempo, seguro que, si hubiera pedido ayuda, cercanía de alguien, aunque fuera un compañero del trabajo, la habría tenido, pero para él la vida ya se le había acabado, sí, a sus 42 años.
Cuando tomó el celular para ver el motivo de la vibración, vio que tenía un correo en su bandeja de entrada, al ver el remitente del mismo, su rostro se iluminó. Soltó el vaso de whisky, el revólver, y secó sus lágrimas, se dirigió de su habitación a la cocina, y tomó sus anteojos de la mesa, se sentó en una silla y leyó el contenido en este:
Mi muy querido amigo.
Es una pena no poder llamarle "Mi muy querido amigo del
norte", porque más al norte de su país, un país más ambicioso se llamó a
sí mismo Norteamérica, aun cuando hay un país más al norte de ellos. Pero
muchas veces me nace querer llamarle "mi muy querido amigo del
norte", porque su México siempre estará muchos kilómetros al norte de su
casa que tiene en Chile, así como sé que yo siempre tendré una casa en su
México, aunque siempre lo consideraré a usted algo más que un mexicano, siempre
he creído y creeré, desde el primer día en que nos vimos, que usted es una
especie de alma universal, y sé que muchas veces eso puede ser una carga para
usted, saber que está aprisionado en un cuerpo que le limita, que no lo hace
encajar del todo con su alrededor, espero que estas palabras le recuerden que
alguien es feliz de saber de su existencia, aunque creo firmemente que no soy
la única que piensa esto.
Le escribo porque anoche, al otro lado del hemisferio
oriental, mi prometido y yo (sé que no le gustará leer la frase "mi
prometido", pero espero que aquello que me dijo usted aquella noche, luego
de que me confesara lo que usted sentía por mí, y yo le dejara muy claro lo que
yo sentía por usted, le haga alegrarse más por aquella promesa que lo que la
frase "mi prometido" le pueda disgustar) fuimos a ver una película en
la cineteca de Ámsterdam, la cual también es un museo, un sitio del que usted
quedaría enamorado (quizá así olvidaría su amor por mí xd), y la película me
hizo pensar inmediatamente en usted. La película era "La
coleccionista" de Éric Rohmer.
Ahora son casi las cuatro de la tarde aquí, y estoy en un
café tomando un té rojo, como aquel que tomé la primera vez que salimos juntos.
Estoy sola, quería estarlo para escribirle esto. Quise escribirle desde que me
desperté, pero sabía que sería de madrugada con usted, y no quería despertarlo.
Quise escribirle aun cuando hace muchos años no sé nada de usted, aun cuando
dejó de escribirme en mis cumpleaños, no sé si acaso le molestó el que le
contestara sus correos, cuando en ellos me decía que no estaba obligada a
hacerlo. Si algo espero que usted sepa de mí, aun con el corto tiempo que
compartimos, es que jamás hago algo que no quiera hacer, y si le contesté a
cada uno de esos correos, era porque quería hacerlo.
Sepa, que pienso mucho en usted, desde anoche, y que no puedo sacarlo de mi mente. Espero que se encuentre bien, y ansío el día que podamos volver a vernos y compartir una vez más una de aquellas caminatas que solíamos hacer, en las que las madrugadas y la ciudad nos parecían cortas.
Luego de terminar de leer el correo, intuitivamente se llevó las manos al rostro, clavó sus anteojos contra las sienes, al quitárselos, sintió cómo las lágrimas seguían rodando por sus ojos, pero ahora no eran de dolor, de desesperación, de angustia, o de ansiedad; ahora eran de alegría, no sólo por el correo, o por su remitente; sino porque por fin se podía reproducir un recuerdo en su mente. Recordaba aquella primera noche, hacía poco menos de diez años, en que había salido con aquella, en aquel entonces, niña. A sus 23 años ella era prácticamente una niña, con todo lo vivido, con todas las ciudades y universidades que había visitado, aún era en esencia una niña. Él en ese entonces era un joven apuesto de 32 años, conocido por una escena muy pequeña de su ciudad como un escritor promesa luego de la publicación de algunos cuentos suyos en la revista universitaria de su ciudad. Era muy frecuente verlo en varios cafés de la ciudad, todo el tiempo escribiendo, todo el tiempo sonriendo, eso le daba mucho gusto recordarlo.
Sólo se habían visto una vez antes de aquella primera cita, habían coincidido en una plática sobre literatura rusa y sus adaptaciones al cine, y desde ese primer momento habían congeniado y se habían hecho buenos amigos. En esa primera cita, en la cual se habían reunido en un bello café y del cual habían partido juntos caminando por la zona de bares platicando de memorias de la infancia y cine, y también sobre la nefasta necesidad de las personas por los lugares con la música demasiado alta. Él le había confesado al finalizar la velada en el sitio de taxis, su deseo de ser algo más para ella, pero ella le dijo que no podía verlo más que como un amigo y que su estadía en esa ciudad no sería muy larga, así que él por supuesto que prefirió ser ese amigo a no ser nada, eso dio pie a que la despedida aquella noche fuera con un fuerte y largo abrazo de ella a él, y derivó en gratas noches de pláticas, veladas acompañadas de vino, caminatas, hasta que ella tuvo que partir.
Se levantó de su silla y buscó desesperadamente lápiz y papel para escribirle una carta, pero luego cayó en cuenta de que no tenía su dirección en Ámsterdam, quería escribirle, agradecerle y hacerle saber lo que su correo había significado para él, pero hacerlo por correo le parecía muy poco especial, pero por el momento no había otro modo, luego se puso a pensar qué sentiría ella al escuchar el sonido de su bandeja de entrada recibiendo un correo. Le emocionó tanto la idea, que empezó a escribir:
Mi muy querida amiga del sur:
Creo que llamarla así es más una costumbre que otra cosa. La
única cosa que la liga al sur es su casa y su familia, la impuesta (que usted
ama y de la que usted ha recibido tanto amor y valor, pero que no deja de ser
impuesta) y la escogida en la ruta. Usted es más universal que yo y que los
cuentos de su vecino Borges, y siempre agradeceré que entre el universo de
personas y lugares en los que ha convenido, hayamos coincidido.
Lo primero que debería decirle es que no sabe lo que su
mensaje ha significado para mí, en muchos aspectos. En primera, porque me
alegra que usted esté bien, que usted sea feliz. En segunda, que aún tantos
años después, con el tiempo compartido, el cine siga siendo un vínculo que nos
une, saber que Rohmer es algo que usted asocia a mí y a nadie más. No sabe lo
bien que me hace saber que hubo alguien en esta vida que sí atendió todo lo que
yo decía y escribía sobre cine, algo que con los años yo mismo he perdido y he
dejado de creer. Más que nada, le agradezco que en su mensaje me haya recordado
al hombre que fui hace tantos años.
Me alegra que siga haciendo cosas que hacía hace diez años,
como tomar té rojo sola en una cafetería en Ámsterdam. Sin duda alguna usted ha
sido una de las personas que más me recuerda a mí en mis años de juventud, cuando
hacía cosas por impulso, con corazón, en soledad. Usted no necesita de la
presencia de las personas para echar a mover al mundo no sólo con su presencia,
su belleza o su sonrisa, sino con sus brazos. Eso es algo que yo creo que solía
hacer y que ya no hago.
Me gustaría decirle lo mucho que me gustaría verla ahora,
pero en las condiciones en las que me encuentro no creo que sea lo mejor, quizá
ni siquiera llegase a reconocer a aquel amigo suyo de los eternos sacos beige,
pero le prometo que luego de este mensaje, que me ha hecho recordar muchas
cosas, a su regreso a mi país, le gustará volver a verme.
Quizá lo último que yo escribiría en esta carta, con la
ilusión de que nos volvamos a ver muy pronto, es que daría una quinta parte de
mi historia, de mis memorias y de mis vivencias; por volver a sentir aquel
abrazo suyo de nuestra primera cita.
Por favor, hágame llegar lo antes posible su dirección, que
me gustará mucho enviarle una carta escrita de mi puño y letra, así como un par
de libros y una fotografía que siempre le quise regalar.
Con el mismo amor que usted siente por nuestro mar, su amigo
J.

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