Largo proceso para olvidar a una mujer que ella jamás conoció. (Primera parte)

El viaje y la lluvia

por JOHNNY ANTU-HAP

Llevábamos poco más de dos horas de camino. Él me había dicho que procurara no mirar el reloj porque se me haría más largo el viaje si hacía eso, y la primera media hora pude seguir su consejo y contenerme de hacerlo, pero luego de tres horas, era muy difícil cuando afuera del coche todo me daba una sensación de que en cualquier momento ese inmenso bosque nos devoraría. 

Yo sabía lo nervioso que se ponía cuando tenía que manejar en carretera, era algo que jamás hacía, solo cuando estaba por terminar de escribir un libro y se iba a esa cabaña que una vieja amiga de su madre difunta le prestaba. Me había hecho prometerle que no lo distraería mientras manejara y que de ser posible no hablara, y como yo sabía lo paranoico que era, algo que me había atraído de él como un espejo en el que me podía observar; así lo hice. 

No hice más que escuchar a Silvestre Revueltas en el reproductor del auto, lo cual me ponía aún más nerviosa, leer el libro que un par de semanas atrás él me había comprado especialmente para el viaje, el cual por cierto era muy bueno; pero no tener interacción humana y la espalda que me estaba matando, me hacían desprenderme de todo, sentir una especie de temor, más allá de la simple inquietud de sentirme devorada por un bosque como era en el que estábamos, como era mi propio compañero que muy pocas veces me compartía cosas sobre él, llevábamos en realidad muy poco tiempo saliendo juntos, y lo más que me había contado de su vida giraba alrededor de su expareja. No sé qué fue lo que detonó este comentario en él que hizo que yo dejara de sentir ese dolor, ese vacío en ese paisaje tan lleno de todo.

-Sabes, nunca olvido el olor de las personas que he conocido en la vida.

-En serio. -Contesto yo, cierro el libro que, aunque interesante, hacía rato que leía sólo para tratar de olvidar que no tenía nada que olvidar, y al cual no le ponía la más mínima atención- ¿Qué olor tengo yo?

-Tú hueles a tierra de campo recién mojada por la lluvia en una mañana de mayo.

Trato de imaginar a qué olerá la tierra de campo mojada por la lluvia en una mañana de mayo, seguro no debe oler muy distinto a las calles de la ciudad mojadas por la lluvia una mañana de mayo, lo cual no es muy especial, aunque ahora que lo pienso, ni siquiera estoy segura de saber qué olor tienen las calles de la ciudad mojadas por la lluvia en una mañana de mayo. La verdad es que jamás había salido de las ciudades en mi vida, de vez en vez iba a la playa, al bosque, pero jamás había ido al campo, sería interesante pedirle que el próximo mayo me llevara. Para saber si ese olor era algo especial.

- ¿Y qué olor tiene ella?

Antes de contestarme, sonríe.

-Su olor es una extraña combinación entre vainilla y manzana. ¿Creí que habíamos acordado en que ya no me ibas a volver a preguntar nada sobre ella?

-Lo siento. -Sonrío y volteo a ver su reacción. Él voltea a verme y sonríe. - ¿Cuánto falta?

-Ya falta poco, esta es la desviación para llegar a la cabaña.

Entramos a una brecha de terracería, según él dice, ya no nos llevará más de diez minutos llegar al lugar. Me dice que una vez que estemos en el lugar, verá que todo habrá valido la pena, yo la verdad no estoy tan segura, y son muchas las razones que me hacen dudar de esa promesa de satisfacción al final del largo viaje. 

En primera por los árboles, porque mi hábitat siempre han sido los edificios, esas gigantescas estructuras de concreto, acero y cristal tan frágiles como los aparatos que registran los terremotos. No puedo evitar sentir pánico cada vez que salgo a carretera, a eso me refiero cuando digo que en él veo un espejo en el cual yo misma veo mi reflejo. 

Pero además del temor del lugar en sí, está el tener que lidiar con el recuerdo de ella, saber que en esta cabaña él pasó muchas cosas con ella, muchas visitas, muchas noches, muchas caminatas ¿Cuántas veces habrán hecho el amor en esa cama en la que esta noche él y yo dormiremos? ¿Haremos el amor? Me da pavor pensar en eso. 

En el auto suena la parte climática de La noche de los mayas de Silvestre Revueltas, si de por sí este pasaje de la obra es para dar escalofríos, el saber que ella fue quien le regaló ese disco de su coterráneo, me da aún más miedo. Es de las muchas cosas que él me contó sobre ella, que es de Durango y que le gusta mucho la obra de esa familia de artistas duranguenses. 

Nunca me ha platicado por qué es que terminaron, si eran tan compatibles en todo, en cambio yo soy tan distinta a él, ¿Qué será lo que le habrá atraído de mí? ¿Por qué se habrá acercado a mí para preguntarme si me gustaba el cine de Jim Jarmusch? ¿Por qué habré ido esa noche a ese bar? ¿Por qué tenía que haberme puesto esa estúpida playera que me regaló mi hermano? ¿Cuánto tiempo duran diez minutos? ¿Cabe una eternidad y todas las dudas de una mujer de 26 años en 10 minutos? 

Él no dice nada, solo voltea y me sonríe cuando siente mi mirada insegura en su persona. Jamás he visto una fotografía de ella ¿Me pareceré a ella? Quizá tantas preguntas sean solo la forma de querer estropearlo todo, de seguir ese patrón que ha regido mi vida, de auto sabotear algo que parece ahora sí me sacará de mi soledad. No lo sé, el paisaje me empieza a resultar no tan ajeno, quizá al final sí pueda valer la pena el largo viaje y disfrute el destino al que voy.

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