La muerte mexicana

por ANDREI MALDONADO

Sin duda alguna una de las celebraciones más particulares que tiene la sociedad mexicana es el Día de Muertos, fiesta que es reconocida a nivel mundial por su singularidad y color. Y es que pocas sociedades como la nuestra se detienen a hacer de la muerte un proceso reflexivo con toques hilarantes, sin que esta pierda su solemnidad característica.

Sin embargo se trata de una fecha de contrastes, pues mientras que para la fe católica la muerte es un tránsito hacia el gozo eterno o el castigo por los malos actos, para la cultura prehispánica es sólo el retorno hacia el origen primigenio, sin premios ni castigos. Ambas visiones no se confrontan, sino se transmutan, se vuelven una misma, una muerte mexicana.

En la tradición católica, silencio y quietud invitan a orar en el panteón sublime, lugar de confrontación entre la razón que pretende comprenderlo todo y la muerte que desborda los límites del razonamiento, terror provocado por lo desconocido y que es, sin embargo, tan cotidiano. Para el catolicismo la muerte significa la vida eterna y la posibilidad de salvación.

La muerte, en el sincretismo mexicano, une las dos culturas que forjan su existencia: la del origen prehispánico y la superpuesta por los españoles durante la conquista. Una le canta al viaje del alma hacia “el lugar de su quietud”, el Chilam Balam, sin recompensa ni condena por lo hecho en vida; eleva cantos y plegarias a sus muertos, a sus dioses.

Contrastando con esta visión la religión Católica muestra la muerte como el instante crítico del tránsito hacia la gloria o el fuego eterno. Mictlán y el camposanto se unen en uno solo en la muerte mexicana, la muerte que es trágica y lúdica a la vez, la misma que recibe mil nombres: “La Calaca”, “La Llorona”, “La Parca”, “La Flaca”, “La Blanca”, “La Pelona”, “La Catrina” y “La Huesuda”.

En la iconografía funeraria los jardines remiten al paraíso, donde habitaban Adán y Eva. En la cultura prehispánica las flores de cempaxúchitl son la ofrenda para ingresar al inframundo. Ambas visiones se unen para conmemorar la memoria de aquel padre, madre, tío, abuelo o hijo que hoy ya no está aquí. Rezos y ofrendas gastronómicas. Los hispano y lo autóctono, lo mexicano.

Se entiende por qué muchas culturas ajenas a la mexicana no terminan por comprender la celebración del Día de los Muertos. Porque a pesar del dolor que puede contener la muerte de un ser querido su partida nunca es del todo completa, porque al menos cada 2 de noviembre se estará con ellos compartiendo el pan, la música y las flores.

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