Ayotzinapa o los riesgos de la indignación en redes sociales

por ANDREI MALDONADO

Había procurado mantenerme al margen de cualquier posicionamiento con respecto al caso Ayotzinapa, no por falta de interés sino porque en un mundo dominado por la falta de información es fácil dar opiniones fatuas movidas más por el hashtag y el trending topic que por la verdadera conciencia. Y es que cuando la indignación y la rebeldía se vuelven tendencia, moda y hasta bandera política es cuando sabes que el sistema ha ganado.

Se debe ser muy cuidadoso de no idolatrar revolucionarios falsos. Me llama la atención ver los símbolos del anarquismo en las quemas y saqueos que se han realizado en edificios públicos de distintas ciudades en honor a los 43 desaparecidos. Pareciera que una vez más cualquier problema del país es buen pretexto para quien busca vandalizar, porque una cosa es ser inconforme y otra es ser parte de un grupo radical de anarquistas.

También me salta a la vista las expresiones que usan algunos rebeldes de redes sociales, quienes critican a quienes no concordamos con la quema y destrucción de edificios y monumentos. Si eso nos garantizara el fin de los crímenes yo rociaría más de un bidón en cada uno de ellos, pero la verdad es que eso no modificará nuestro sistema político o regresará a los normalistas a sus hogares, lamentablemente.

Aquí hay que destacar algunos aspectos: uno, los edificios considerados como sitios históricos no son propiedad del gobernante en turno, sino que son bienes de la nación; en otras palabras quemar la puerta de Palacio Nacional no es un golpe en contra del régimen sino contra nosotros mismos, que destruimos nuestro ya de por sí deteriorado entorno. Segundo, al no ser su propiedad el funcionario al que se pretende dañar simplemente se encoje de hombros.

Reiteraré que no soy de la opinión de que quienes debemos cambiar somos nosotros, que está en cada uno cambiar a México ¿cómo es eso posible si la economía y la seguridad no nos lo permiten? Pero tampoco creo que la respuesta sea parar labores o destruir la propiedad ajena, porque este mundo es de todos, y que se vaya a trabajar o estudiar de manera normal o se asita a eventos deportivos o culturales de manera cotidiana no significa que no nos interese lo que ocurre a nuestro alrededor.

Porque habremos quienes preferimos rebelarnos coartando los métodos de enajenación como es la televisión y promovemos la proyección de cine de arte o montamos una obra de teatro. Otros optamos por ir y dar clases, y en ella tratar de despertar la conciencia de los alumnos. Unos más, desde la trinchera del periodismo, aprovechamos para informar de otras cosas, de cuestionar lo más posible a los funcionarios, de dar voz a los indignados.

Hay luchas más silenciosas, más lentas, pero más certeras que 140 caracteres, una lámina o una antorcha. Cada uno hace su batalla. Realmente quisiera saber con certeza cuál es la estrategia perfecta para sacar al país de esta situación. Lastimosamente, como ustedes, tampoco la conozco.

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