LA POESÍA Y SU LIBERTAD CONSTRUCTORA

por ANDREI MALDONADO

Siempre he considerado que el peor enemigo de un escritor en formación es un taller de narrativa, ya que la mayoría de ellos no cumple la función de orientar la forma y terminan siendo un diálogo unilateral con un toque de “yo sé todo” de quien imparte, que como si se tratase de un dios todopoderoso que quita a diestra y siniestra cuanto material cree que no es apto para el texto, cuando su labor en realidad debería ser únicamente orientar al novel escritor.

Ahora piensen cual será mi rechazo a los talleres de poesía, pues siendo esta la única manera de reivindicación del lenguaje ¿quién se esgrimirá como deidad omnipotente que diga qué sí y qué no debo escribir? La poesía, ante todo, debe ser el máximo estandarte del hombre, la sanación de la herida que es la palabra en sí y que debe fluir hacia nuevos horizontes, hacia devenires, hacia deconstrucciones. Inventar palabras, torcerlas, jugar con la sustancia, esa es la poesía.

Es por eso que no creo que nadie tenga la autoridad poética –y de ninguna forma- para decir cuántas líneas lleva un verso, sujetar las palabras a la prosa o decir si eso que siento en el corazón es poesía o no. En todo caso, y como ocurre en la mayoría de las artes, la mejor escuela es el arte en sí ¿quiere ser usted un gran poeta? lea a T.S. Eliot, Ezra Pound, Holderlin, Baudelaire, Paul Valery, Charles Bukowsky, Pablo Neruda, Silvya Plath, Alejandra Pizarnik… y déjese de talleres que parecen tutoriales de You Tube y cultos al ego.

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