HUMANO, PELIGROSAMENTE HUMANO
¿Qué es lo que define al hombre como “humano”? ¿En dónde radica la línea que lo separa de la animalidad? En todo caso la duda máxima sería ¿Y en qué consiste ser “humano”?
En el discurso de Georges Bataille, la violencia es una línea por la cual el humano existe como tal. Una violencia trasgresora, que se da entre propios y que atañe a su medio. Una violencia que se sana a través de dos actos: uno, la ritualística del sacrificio animal, donde el hombre lleva lo mundano al campo de lo sagrado, y reafirma su posición como un ser superior al animal; dos, el erotismo como máximo estado de violencia y sacralidad.
Para Bataille, la noción que tenemos nosotros mismos de nuestra finitud –aspecto que desconoce el animal- le confiere al hombre una existencia distinta en una interminable búsqueda de complementarse con lo divino: “Es debido a que somos humanos y a que vivimos en la sombría perspectiva de la muerte el que conozcamos la violencia exasperada, la violencia desesperada del erotismo”.
Bajo este parámetro, actos como la tauromaquia se elevan a “arte” o “actos sublimes”, pues se mata al animal no por un fin utilitario, sino como desahogo de la violencia natural del hombre.
Esta visión –la del hombre primordialmente violento- se contrapone al pensamiento común y extendido acerca de la naturaleza buena del hombre, defendida principalmente por los idealistas como Hegel, que aseguraban la innata bondad con la que nace el hombre.
Por su parte, estudios como los hechos por Freud reafirmarían esa intempestiva necesidad del hombre por el acto violento en busca de su confirmación como ser.
Es innegable que el hombre es violencia en estado puro. El nacimiento es en sí un acto violento, el amor –ese que la gente suele decir que es el verdadero motor de los actos humano- es quizá el mayor acto de violencia, pues por amor una persona es capaz de matar y morir; y no se diga sobre el erotismo, que es el inequívoco deseo de comerse al otro, una forma de existir solo a través del consumo total de uno mismo y el otro.
Sin embargo, el acto amoroso como discurso –recordando también a Barthes- es diferente a esa búsqueda de la sacralidad del que hablaba Bataille. Resulta entonces que el debate se vuelve extenso. Por un lado, personas que hablan de “inhumanos” a aquellos que efectúan la tortura o el asesinato a sus semejantes o a los animales, mientras que por otro lado se eleva al grado de “arte” o “cultura” a la barbarie.
Sin embargo, y dentro de los cánones permitidos de la violencia –el deporte, uno de ellos- existe un límite colectivo que separa a los que se consideran trasgresores de lo humano. A ese punto llegan los psicópatas, los asesinos, o los trastornados mentalmente.
Aún así, no podemos hablar de una línea bien definida sobre qué sí está permitido para el hombre. Basta recordar que durante siglos la homosexualidad, las discapacidades o las deformaciones eran juzgados como antinatural.
Kafka en “La metamorfosis” ejemplifica esto que, aún en nuestros días, deja en entre dicho cualquier argumento que intente decir que sabemos a plenitud qué nos define como humano. Samsa, un hombre atado a las estructuras sociales termina sus últimos días convertido en un insecto al cual aquellos que lo amaban lo terminan repudiando.
De ahí se derivan muchas más cuestiones ¿Es acaso que ser un humano es solo tener un aspecto utilitario para la colectividad? ¿Por eso nos sentimos tan mal ante los desarraigados, los locos y los animales? ¿Es en ese punto donde el arte también es desdeñado? ¿También la apariencia es lo que nos confiere el grado de persona?
Pero lejos de lo que se podría pensar, ese aspecto humano, elevado como un fin último que incluso los dioses del Olimpo o la criatura del Doctor Frankestein tanto anhelan y envidian, puede ser eso tan nocivo que a corroído al hombre, a los demás seres vivos del planeta y a la tierra misma.
Nietzsche hablaba del super hombre, de aquél humano “demasiado humano”, de conceptos hasta nuestros días poco claros y sin definición. Aseveraba que “sin la música la vida sería un error” y es aquí donde se llega a una reflexión: a final de cuentas, lo más cercano a un loco sin perder la razón es el artista.
El loco, como el animal, es libre de ataduras y estructuras sociales. El artista busca, entre todas las ligaduras de convivencia, salirse del contexto y constituir su propia definición de “humanidad”. Remplazaríamos entonces el acto violento del sacrificio animal y la barbarie por el pincel, la guitarra o el cincel.
La obra de arte vendría siendo el medio por el cual el hombre se consagra y, cuando la obra trasciende más allá de él, lo eleva al campo de la sacralidad.
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