OPINIÓN PÚBLICA Y LIBERTAD DE EXPRESIÓN
por Andrei Maldonado
El término opinión pública hace referencia a las audiencias, aquellas que son capaces no solo de recibir la información, sino también de generar su propia crítica a base de lo que reciben y de su propio conocimiento.
Paradójicamente, este concepto se acuña desde los medios mismos, es decir, que quienes generan la información han dado pauta a establecer desde donde y hasta donde estas audiencias tienen la libertad de expresarse.
Y es que, contrario a lo que se pueda creer, hablar de libertad de expresión hoy en día no es hablar de un tema gastado ni mucho menos.
Es precisamente en nuestros días cuando encontramos miles de lecturas divergentes con respecto al tema, pues, mientras por un lado existen más leyes que antaño para garantizar la libre prensa, la libre reunión y la expresión de las ideas, así como un sinnúmero de medios para hacer llegar la voz de las masas, es también este un tiempo de inseguridad, de periodistas desaparecidos o amenazados, de verdades parciales en los mass medias y las mismas –aunque más veladas- condicionamientos por parte de las instancias de gobierno.
Ante este panorama, es importante ir separando e identificando conceptos basaos en el contexto actual que nos compete, para no caer en ambigüedades.
Primero, es cierto que hay más medios para la difusión de la opinión pública. Llámese Twitter, Facebook o YouTube, las redes sociales son un medio al que cualquiera tiene acceso y puede difundir lo que difícilmente podría tener voz en otros medios como la televisión, la radio o la prensa.
El internet además ha facilitado la creación de blogs, páginas web, canales de televisión y estaciones de radio vía web, absolutamente independientes a las cadenas o grandes consorcios.
Sin embargo, más espacios no significan más comunicación. Habría que ver que se comunica y si existe realmente libertad al publicar en dichos espacios, pues ha sido el caso de muchos periodistas que han perdido su trabajo o han sido perseguidos a raíz de lo que publican en su perfil de Twitter. Ejemplo de esta situación han sido, en la política, Carmen Aristegui y en deportes Carlos Albert, eso solo en fechas recientes.
Estos ejemplos no son privativos a grandes personalidades, también personas han sido privadas de su libertad por lo expresado en estas redes aparentemente libres, y no se diga de lo que se llegue a plasmar en una revista o a expresar en radio o televisión, pues su relevancia aún sigue teniendo mayor trascendencia.
Si bien las privaciones o censuras son ciertas, la verdad es que el grado de libertad en la expresión ha crecido: ejemplo está en las pasadas elecciones presidenciales, que estuvieron envueltas en una queja generalizada desde los medios “libres” entorno a la figura del candidato presidencial y actual presidente electo priísta Enrique Peña Nieto.
Al analizar este contexto es difícil posicionarse en una sola postura. Lo que si es verdad es que aún no se tienen las condiciones que se desearían, pues el tema del narcotráfico y de los periodistas que son secuetrados o asesinados es un tema alarmante que incluso a llegado a alertar sobre nuestro país en los Estados Unidos y Europa.
Y es que las estadísticas no mienten: en México mueren más reporteros que en las franjas de guerra. Y aún a eso se le suma la censura de los gobiernos, como el de Puebla, donde el gobernador Rafael Moreno Valle, en recientes fechas, demandó a varios periodistas por supuesta calumnia e incluso se amenazó con demandar a más.
Se ha mencionado incluso la instauración de leyes que permitan a los políticos demandar legalmente a miembros de la prensa y llegar hasta las condiciones penales.
Ante esto la pregunta sigue en el aire ¿Acaso hoy, en pleno Siglo XXI, no hemos alcanzado la verdadera libertad de expresión? ¿Hasta dónde la opinión pública seguirá coartada por la inseguridad, los intereses políticos y el miedo?
El término opinión pública hace referencia a las audiencias, aquellas que son capaces no solo de recibir la información, sino también de generar su propia crítica a base de lo que reciben y de su propio conocimiento.
Paradójicamente, este concepto se acuña desde los medios mismos, es decir, que quienes generan la información han dado pauta a establecer desde donde y hasta donde estas audiencias tienen la libertad de expresarse.
Y es que, contrario a lo que se pueda creer, hablar de libertad de expresión hoy en día no es hablar de un tema gastado ni mucho menos.
Es precisamente en nuestros días cuando encontramos miles de lecturas divergentes con respecto al tema, pues, mientras por un lado existen más leyes que antaño para garantizar la libre prensa, la libre reunión y la expresión de las ideas, así como un sinnúmero de medios para hacer llegar la voz de las masas, es también este un tiempo de inseguridad, de periodistas desaparecidos o amenazados, de verdades parciales en los mass medias y las mismas –aunque más veladas- condicionamientos por parte de las instancias de gobierno.
Ante este panorama, es importante ir separando e identificando conceptos basaos en el contexto actual que nos compete, para no caer en ambigüedades.
Primero, es cierto que hay más medios para la difusión de la opinión pública. Llámese Twitter, Facebook o YouTube, las redes sociales son un medio al que cualquiera tiene acceso y puede difundir lo que difícilmente podría tener voz en otros medios como la televisión, la radio o la prensa.
El internet además ha facilitado la creación de blogs, páginas web, canales de televisión y estaciones de radio vía web, absolutamente independientes a las cadenas o grandes consorcios.
Sin embargo, más espacios no significan más comunicación. Habría que ver que se comunica y si existe realmente libertad al publicar en dichos espacios, pues ha sido el caso de muchos periodistas que han perdido su trabajo o han sido perseguidos a raíz de lo que publican en su perfil de Twitter. Ejemplo de esta situación han sido, en la política, Carmen Aristegui y en deportes Carlos Albert, eso solo en fechas recientes.
Estos ejemplos no son privativos a grandes personalidades, también personas han sido privadas de su libertad por lo expresado en estas redes aparentemente libres, y no se diga de lo que se llegue a plasmar en una revista o a expresar en radio o televisión, pues su relevancia aún sigue teniendo mayor trascendencia.
Si bien las privaciones o censuras son ciertas, la verdad es que el grado de libertad en la expresión ha crecido: ejemplo está en las pasadas elecciones presidenciales, que estuvieron envueltas en una queja generalizada desde los medios “libres” entorno a la figura del candidato presidencial y actual presidente electo priísta Enrique Peña Nieto.
Al analizar este contexto es difícil posicionarse en una sola postura. Lo que si es verdad es que aún no se tienen las condiciones que se desearían, pues el tema del narcotráfico y de los periodistas que son secuetrados o asesinados es un tema alarmante que incluso a llegado a alertar sobre nuestro país en los Estados Unidos y Europa.
Y es que las estadísticas no mienten: en México mueren más reporteros que en las franjas de guerra. Y aún a eso se le suma la censura de los gobiernos, como el de Puebla, donde el gobernador Rafael Moreno Valle, en recientes fechas, demandó a varios periodistas por supuesta calumnia e incluso se amenazó con demandar a más.
Se ha mencionado incluso la instauración de leyes que permitan a los políticos demandar legalmente a miembros de la prensa y llegar hasta las condiciones penales.
Ante esto la pregunta sigue en el aire ¿Acaso hoy, en pleno Siglo XXI, no hemos alcanzado la verdadera libertad de expresión? ¿Hasta dónde la opinión pública seguirá coartada por la inseguridad, los intereses políticos y el miedo?

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