Encontrándose y desencontrándose, una opinión sobre el libro “Espacios… encuentros y desencuentros de la cultura de masas”
por Andrei Maldonado
El hombre, regido desde su nacimiento por la cultura del consumo, no recibe ninguna otra educación más que la del consumo. Su desenvolvimiento en la sociedad está determinada por el valor que el sujeto mismo tiene, valor que curiosamente viene predeterminado y condicionado por los otros.
Los medios son la escuela del consumo, un consumo que no sirve para pensar si no para consumir y resignificar los espacios, reduciéndolos a símbolos monetarios, a estatus y marcas, a nihilismo y superficialidad, a sociedades no de la información, sino de la desinformación. Subcultura de masas.
Y en esta subcultura aparece el hombre Starbucks, el ejemplo más claro del posmodernismo mal entendido que tanto pregona el hombre del siglo XXI, un hombre ciego y torpe, con poca capacidad de elegir, que está contento con que sus opciones de vida se desplieguen tan fácilmente como una opción de seis tipos diferentes de café.
La marca como signo de valía, de estatus, de intelectualidad. No es más que un triunfo vano, vacío, tan vacío como el hombre anaquel. El hombre Starbucks es aquél que ha abandonado la posibilidad de poseer libertad a cambio de un Ventti Capuchino Latte descafeinado con leche de soya.
Cuando los autores nos hablan del T.R.I.A (Transmisión, Recepción, Influencia y Acción) es momento en el que nos damos cuenta que los modelos clásicos de la comunicación hasta hace años consolidados como únicos no tienen la misma vigencia.
El sujeto ha dejado de ser solo un receptor. Él mismo es emisor de la información que previamente le fue lanzada; la resignifica a raíz de sus propios conocimientos, del contexto en la que lo obtuvo, en cómo fue que la codificó y en su capacidad de emitirla.
En ese sentido, es prácticamente imposible hablar de poseer la verdad o el conocimiento, pues solo conociendo el origen de la fuente de dicha información podríamos deducir que aspectos fueron deformando el mensaje original hasta que llegó a nosotros, pero es como querer saber quién fue el primero en tocar la moneda de un peso que nos dio un taxista y cuya fecha de acuñación es del 2002.
En cuanto a los espacios, como el título de la obra lo dice, se encuentra un término que proviene de esos encuentros y desencuentros de la cultura de masas: el Habitum. Dicho término hace juego a la par con el concepto de habitus de Pierre Bourdieu. Habitus son las conductas que se nos van implantando desde la célula familiar en nuestra educación inicial y que se nos sigue implantando a lo largo de nuestra vida.
El Habitum es el espacio: ya no solo hay que condicionar al sujeto a responder con ciertas actitudes preestablecidas ante las situaciones, sino que también su espacio público se modifica al entorno cultural. Espacios cada vez más públicos, reducidos a lo virtual. El parque o la plaza como extensión de la cultura Wi-fi; el perfil de Facebook como la única realidad.
Ante todo esto, y aunque de hecho ambos autores coinciden en que el hombre actual ha depositado sus usos y costumbres en una dependencia patológica a la tecnología y al consumo, son también consientes que este mismo hombre es capaz de convertirse de un ser acrítico a un ser crítico.Pero, como todo buen libro, nos deja más preguntas que respuestas, y eso es de agradecer.
El hombre, regido desde su nacimiento por la cultura del consumo, no recibe ninguna otra educación más que la del consumo. Su desenvolvimiento en la sociedad está determinada por el valor que el sujeto mismo tiene, valor que curiosamente viene predeterminado y condicionado por los otros.
Los medios son la escuela del consumo, un consumo que no sirve para pensar si no para consumir y resignificar los espacios, reduciéndolos a símbolos monetarios, a estatus y marcas, a nihilismo y superficialidad, a sociedades no de la información, sino de la desinformación. Subcultura de masas.
Y en esta subcultura aparece el hombre Starbucks, el ejemplo más claro del posmodernismo mal entendido que tanto pregona el hombre del siglo XXI, un hombre ciego y torpe, con poca capacidad de elegir, que está contento con que sus opciones de vida se desplieguen tan fácilmente como una opción de seis tipos diferentes de café.
La marca como signo de valía, de estatus, de intelectualidad. No es más que un triunfo vano, vacío, tan vacío como el hombre anaquel. El hombre Starbucks es aquél que ha abandonado la posibilidad de poseer libertad a cambio de un Ventti Capuchino Latte descafeinado con leche de soya.
Cuando los autores nos hablan del T.R.I.A (Transmisión, Recepción, Influencia y Acción) es momento en el que nos damos cuenta que los modelos clásicos de la comunicación hasta hace años consolidados como únicos no tienen la misma vigencia.
El sujeto ha dejado de ser solo un receptor. Él mismo es emisor de la información que previamente le fue lanzada; la resignifica a raíz de sus propios conocimientos, del contexto en la que lo obtuvo, en cómo fue que la codificó y en su capacidad de emitirla.
En ese sentido, es prácticamente imposible hablar de poseer la verdad o el conocimiento, pues solo conociendo el origen de la fuente de dicha información podríamos deducir que aspectos fueron deformando el mensaje original hasta que llegó a nosotros, pero es como querer saber quién fue el primero en tocar la moneda de un peso que nos dio un taxista y cuya fecha de acuñación es del 2002.
En cuanto a los espacios, como el título de la obra lo dice, se encuentra un término que proviene de esos encuentros y desencuentros de la cultura de masas: el Habitum. Dicho término hace juego a la par con el concepto de habitus de Pierre Bourdieu. Habitus son las conductas que se nos van implantando desde la célula familiar en nuestra educación inicial y que se nos sigue implantando a lo largo de nuestra vida.
El Habitum es el espacio: ya no solo hay que condicionar al sujeto a responder con ciertas actitudes preestablecidas ante las situaciones, sino que también su espacio público se modifica al entorno cultural. Espacios cada vez más públicos, reducidos a lo virtual. El parque o la plaza como extensión de la cultura Wi-fi; el perfil de Facebook como la única realidad.
Ante todo esto, y aunque de hecho ambos autores coinciden en que el hombre actual ha depositado sus usos y costumbres en una dependencia patológica a la tecnología y al consumo, son también consientes que este mismo hombre es capaz de convertirse de un ser acrítico a un ser crítico.Pero, como todo buen libro, nos deja más preguntas que respuestas, y eso es de agradecer.

Comentarios
Publicar un comentario