LOS MEDIOS COMO MODELADORES SOCIALES
Por Andrei Maldonado
Aunque algunos expertos toman a la agenda Setting como una teoría pasada –como se le puede considerar de igual forma a la teoría de la aguja hipodérmica- es innegable que en el contexto actual los medios deciden, en gran parte, que es a lo que tienen acceso los televidentes, aún más que, en antaño, pudiera decidir los gobiernos.
En el México actual, por ejemplo, existe el debate de cómo el duopolio de la información, integrado por las hegemónicas Televisa y TV Azteca, decide en qué grado y con qué número de frecuencia se hace mención a determinadas noticias. Hecho que quizá tomó más fuerza en el pasado proceso electoral, donde se cuestionó la imparcialidad de dichos medios ante los diversos contendientes a la presidencia de la república.
Y es que hablar del duopolio no es solo limitarnos a los 6 medios que entre ambas cadenas dominan el espectro televisivo a nivel nacional. Hablamos también de una cadena de estaciones de radio, revistas y sitios web en manos de los mismos dueños. Es decir, que hoy tenemos más medios repitiendo los mismos argumentos.
Entramos en una sobresaturación de información, que, irónicamente, solo es eco de la misma. Una cultura del “pseudo-conocimiento” que articula solamente una hipercultura desinformada, condicionada a recibir los mismos datos una y otra vez.
Ya en su momento, los estudiosos de la comunicación a mediados del siglo XX advertían que el aquél entonces naciente nuevo medio podía ser, al igual que lo fue en un principio la radio, un nuevo constructo por el cual quienes ostentan el poder pudieran modelar, de acuerdo a sus intereses, a las audiencias.
La invitación a crear una cultura crítica de las audiencias por parte de la escuela de Frankfurt y el discurso establecido por Marshall McLuhan en sus diversas obras, chocan, se contraponen, se fusionan y a veces van más allá en el contexto actual.
Hablaba McLuhan sobre una aldea global, en donde todo el mundo tuviera acceso a la misma información y constituyera parte de un todo al poder compartir la cultura de cada pueblo con el mundo. Lo curioso no es la proximidad que hace más de medio siglo advirtiera, sino que se ha llevado esta “globalización” de las aldeas a un punto contradictorio entre tener comunicación instantánea e ilimitada con cualquier parte del mundo y la selección de una información “a medias”.
Como menciona Giovanni Sartori en Homo Videns, los medios pueden enaltecer una nota irrelevante en el rincón del planeta y taparse los ojos ante un desastre en su comunidad inmediata. La selección de qué es nota parece ser hecha en base a constructos arbitrarios. Lo mismo acontece con la difusión de la cultura: la imagen que tenemos, por ejemplo, de los pueblos del lejano oriente está condicionada a la que los medios nos muestren; de igual manera, en Europa tienen una idea del mexicano que nunca corresponderá a la totalidad de la realidad.
Como hijos de Gutenberg y su imprenta, y herederos de las innovaciones hechas por Marconi y los hermanos Lumiere, las sociedades actuales se elevan a sí mismas a un grado evolutivo mayor. Se habla –y se vanagloria- hoy en día de la “sociedad de la información”, de una cultura que está informada gracias a la enorme capacidad actual de accesar, en tiempo real, al conocimiento y los datos. Los nuevos héroes, los nuevos Gutenberg, se llaman Bill Gates y Steve Jobs.
Es imposible negar que los medios vayan condicionando el actuar cotidiano de los individuos. Ejemplo claro está la anexión, en recientes fechas, de las palabras “tuit”, “tuitear”, “tuiteo” y “tuitero” al Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Y habrá quienes hablen de que el lenguaje, como las costumbres, se va modelando y son prueba fehaciente del progreso evolutivo en el hombre. Habrá quienes incluso apelen a pruebas antropológicas y citen y comparen a la creación del Twitter con la invención de la escritura y el número cero.
Sin embargo, y considerando lo que Mattelart advertía en Para leer al Pato Donald, los medios, aquellos constructos hechos para difundir información y establecer comunicación, también se yerguen sobre nosotros como legitimizadores de los acontecimientos. Si no salió en tv no pasó. Si no tienes perfil de Facebook no existes. La personalidad que no “tuité” no es personalidad.
¿Hasta qué grado seremos presa de nuestras propias creaciones? Pareciera que se aplica aquí la analogía del doctor Frankestein y su monstruosa creación, o bien el mito hebreo del Golem. Sin embargo, sin caer en fatalismos, es importante ver que los medios no son malos o buenos por naturaleza. Responderán, como es lógico, de quien los opera, pero también, responderán a las necesidades y exigencia de las audiencias.
De ahí la importancia de sacar de este embelecimiento que nos provocan los medios digitales, que, si bien nos hace públicos participativos, dicha participación está condicionada a medida de que recibimos información. Información cada vez más sesgada a medida que se antepone la inmediatez al contenido.
Habrá que, como con todo invento y descubrimiento, potenciar sus beneficios a favor de un bien mayor. Promover conocimiento más que información, cultura más que industrias culturales. Mucho de esta labor de re-educar a los medios estará en las aulas, en las academias, dónde la gestión de una generación de comunicólogos críticos será arma primordial ante los cambios que están por llegar. Es decir, para re-educar a los medios es indispensable primero re-educar a las audiencias.

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