SOBRE FREUD: EL HOMBRE, UN ANIMAL CASTRADO


Por Andrei Maldonado

Antes que nada, el presente ensayo –bastante breve para la complejidad del tema- no pretende ser más allá de un discreto acercamiento a las ideas planteadas por Sigmund Freud en su obra El malestar en la Cultura [1930]. Quizá ni siquiera sea un acercamiento, sino más bien un pequeño esbozo de lo que a mi parecer son los preceptos más rescatables que inspira dicho trabajo. Es entonces, en pocas palabras, las ideas al vuelo del más ignorante de los que se puedan considerar inteligentes; o los preceptos más elocuentes del más iluminado de los iletrados.

Comenzaré por dilucidar los principios básicos establecidos en las sociedades modernas, mismos que resultan ser la base de dichas sociedades y regulan su comportamiento a fin de mantener las fuerzas de cohesión estables. Encontramos pues que existe la prohibición del incesto, del asesinato y del canibalismo como leyes primigenias, sin embargo, hay implícitos en toda civilización normas no escritas pero sí ejecutadas que, desde que el niño es arrojado a la cultura, llevan como fin un “castramiento” (he de encomillarlo para fines literales, aunque ejerzan la misma fuerza que un bisturí) de la animalidad y los instintos naturales que el infante posee para convertirlo –gradualmente- en hombre.

Hay que ver aquí que dichas normas castrantes son: la imposición de una lengua, la asociación de símbolos, el adoctrinamiento religioso y la sujeción a la moral, la ética y las leyes. Todas ellas llevaran al fin único y lógico de transformar al animal a un ser “superior”, a un hombre. Ser que, sin embargo, en su supuesta superioridad, ha sido reducido a ser víctima de su propia condición de “hombre”, siendo presa de aquello que él mismo creó en aras del progreso. Es decir que, bajo estas circunstancias, la existencia del crimen nace a partir de la imposición de la ley. La locura solo aparece después de que algún loco escribiera sobre la cordura.

He aquí que el yo (individuo que se construye a través de un súper yo que evoluciona conforme a su crecimiento) es sometido por el súper yo (regulaciones, restricciones, castraciones). El doctor Frankestein a los servicios de su creación. He mencionado con anterioridad las reglas establecidas para que la cultura y la sociedad tengan existencia (prohibiciones) y las reglas no escritas para su regulación (castraciones), pero quizá exista un término que en los primeros párrafos se haya escapado: la culpa. Freud en su obra dedica los dos últimos capítulos al análisis de este peculiar sentimiento-estado.

Destaca, parafraseándolo, que en un inicio se concibió a la culpa como consecuencia de una violencia dada después de una acción contundente, el parricidio. Más tarde, es el mismo Freud el que separa el acto del arrepentimiento (concebido por el individuo solo después del análisis de lo obrado y sus consecuencias) y la culpa misma, la cual, bien definida en el credo católico, no depende necesariamente de llevarse a la obra, sino incluso aparece a nivel mental, casi siendo una patología, por el solo hecho de concebirla o de omitirla.

Y es quizá esta culpa (la que yo defino más como un estado que como un sentimiento) la que sea la base primordial de la concepción del hombre como un animal social; curiosamente, la misma que define al hombre como un animal castrado. Y es que los conceptos religiosos basan gran parte de sus herramientas de control a la culpa, una culpa incluso colectiva, que se va transformando –también lo dijo Freud- en el concepto de conciencia moral.

La culpa también es un vehículo de dominación social que ha sido explotado –e instaurado en el imaginario colectivo- por la televisión, los poderes económicos y los gobiernos, convirtiendo en un ideal masivo la eliminación de dicha culpa, misma que no es innata del hombre, mas sí instaurada desde el desarrollo en el núcleo familiar. No es de extrañar que en la visión de algunos artistas, como el cineasta coreano Park Chan-wook, la culpa sea incluso un pecado.

Para no divagar más y ensuciar con mis torpes palabras e ideas la teoría quizás ya sucia de Freud, he de citar al mismo para concluir este análisis, con una sentencia quizá dura, pero cierta: “Hoy los seres humanos han llevado tan adelante su dominio sobre las fuerzas de la naturaleza que con su auxilio les resultará fácil exterminarse unos a otros, hasta el último hombre”.

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