LATINOAMÉRICA ES UN PUEBLO AL SUR DE ESTADOS UNIDOS
Por Andrei Maldonado
Basado en la lectura “El diálogo norte-sur en los estudios culturales”, de Néstor García Canclini.
Globalization appears sometimes interested in safeguarding the cultural differences that have peoples, despite being a set of economic, political and cultural, political and cultural events designed to create "one culture". However, this interest in multiculturalism sometimes is only a disguise for what is secreted from particularity. Latin America is a clear example.
En la película “Un día sin mexicanos” (Sergio Arau, 2004), cuya trama se basa en una repentina y misteriosa desaparición de la población latina de Los Ángeles, hay un diálogo, simple en apariencia, que llama poderosamente la atención. Una mujer policía afroamericana deja entendido que para ella hondureño, salvadoreño o mexicano es lo mismo, todo debajo de la frontera es México, es latino.
A pesar de que el entramado del polémico film es más intenso que ese pequeño fragmento, cabe destacarlo, sobre todo luego de leer un poco de las reflexiones a las que llega Néstor García Canclini en su trabajo “El diálogo norte-sur en los estudios culturales”.
En dicho trabajo, García Canclini destaca que una de las características de la globalización es la de desquebrajar a la sociedad para luego volver a pegar los pedazos.
Si analizamos esta última aseveración, entenderemos que la globalización aparece, desde un punto de vista muy crudo, como un pretexto de redención de las sociedades que poseen las herramientas de control, tanto en el aspecto político como económico e incluso informativo; un bálsamo por el cual los poderosos se curan en salud.
¿Qué significa esto? La globalización, concebida bajo un concepto idealista que raya en lo utópico, puede definirse como “la integración de las culturas en una sola cultura”; un medio por el cual todos los servicios del mundo estarían al alcance del mundo. Cero restricciones, cero diferencias.
Sin embargo esto no es posible, y no es posible porque no se desea realizar. Mediante el discurso de “mantener y preservar las culturas originales de cada pueblo” la globalización encasilla, define, enmarca. Rompe clasificando en estratos, en rasgos raciales, económicos, intelectuales y políticos. Rompe el cristal para cuantificar y cosificar, sin dejar de ser parte del mismo espejo.
Ejemplo claro y palpable es Latinoamérica, o lo que la sociedad Norteamérica desea llamar Latinoamérica. Mediante un discurso bastante superfluo, América latina es la conformación de todos los pueblos de habla hispana al sur de los Estados Unidos, y así, de un golpe, se unen kilómetros y kilómetros de espacio físico e ideológico; procesos históricos y costumbres diferentes tratados como uno mismo.
Sería positivo si solo se tratase de un concepto, de una definición. Sin embargo estos conceptos se proyectan desde la sociedad americana hacia el extranjero. Para el americano, el latino es un pueblo muy diferente al suyo, un verdadero subnormal. Su pensamiento jamás podrá ser como el civilizado neoyorkino. El latino es supersticioso, cree en mitos, desea el progreso pero es perezoso para alcanzarlo. Está destinado a ser un migrante y sus anhelos en masas pueden ser peligrosos para la civilización.
El pueblo de donde proviene es inestable: malos gobiernos, inseguridad, hambre. Aún las urbes grandes son un caos, no como las metrópolis norteamericanas, sinónimo de todo progreso. Sin embargo son pueblos mágicos, dignos de gastar en ellos las primas vacacionales comprando una reliquia maya o degustando platillos exóticos en sus paradisiacas playas.
Sin embargo esta visión errónea y tergiversada de la “esencia latina” es también proyectada, desde la tierra anglosajona, hacia los mismos latinos. Provoca que los habitantes de las naciones hispanohablantes se conciban así mismos como subdesarrollados que solo pueden aspirar al progreso copiando los modelos y patrones socioeconómicos, ideológicos y culturales de los norteamericanos, emigrando a sus ciudades y renegando de sus raíces; mismas que, sin embargo, debe conservar, pues además de las materias primas con que cuenta su país ( y está convencido de que no sabe cómo usarlas) su único recurso económico es el turismo que le otorga esos aspectos que tanto le avergüenzan. Latinos comprando “latinidad”. Metalenguaje, metacultura.
Pero toda esta reflexión no serviría sino se le asusta al tan primitivo latino sobre el peligro del extranjero. Claro, que Norteamérica es un protector que al ver la incapacidad de gobernarse (como si se tratase de niños que ponen en riesgo su vida) acude al rescate, aunque sea a la fuerza. Él para nada es un extranjero. Extranjeros son los orientales y sus costumbres tan extrañas. Extranjeros son los europeos y su peligroso libertinaje. A lo mucho esos pueblos tiene la misma función que el latino: ser objetos mercadológicos. China se vuelve entonces juguetes y galletas de la suerte; Francia es romance y baguettes; Italia es tierra de la pizza e Inglaterra un misterioso lugar donde gustan tomar té. Lugares comerciales, centros turísticos. Bonitos sitios, pero no hogares. Simpáticos amigos, pero extranjeros.
Ante todo esto, el latino parece más una abstracción fabricada como objeto de control que como entidad cultural. Es erróneo pensar que Latinoamérica es un sitio que se extiende desde Tijuana hasta Cabo de Hornos y es todo igual, excepto para el turista; pero es más erróneo e incluso resulta inconcebible que el latino se considere a si mismo latino, solo porque su omnipotente vecino del norte le ha llamado así y le ha ordenado pensarse así.
La jirafa no se considera a sí misma jirafa solo porque el hombre le dio ese nombre. Sin embargo el latino sí, y cree defender su autonomía al pedir “unión entre los pueblos hermanos”, sin darse cuenta que es un engrane más de una maquinaria aceitada por el capitalismo y el neoliberalismo global.
Como reza la canción de la banda chilena de los 80´s Los prisioneros, misma que da título a este pequeño ensayo:
“Para turistas, gente curiosa,
Es un sitio exótico para visitar
Es solo un lugar económico
pero inadecuado para habitar “
Pero al final ¿Cómo el latino se concibe a sí mismo, si dejamos de lado los estereotipos del norte? Esa, es la pregunta correcta.

Interesante analogía de la jirafa
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