Sobre el Poder


Por Andrei Maldonado

Como un panóptico moderno, los ojos de vigilantes cámaras se yerguen por toda la ciudad. Sin saber quien está del otro lado, las personas solo contemplan los enormes postes que solo son una visión más del descaro en el que parece transitar nuestra sociedad actual.

La impunidad se disfraza a través del discurso político, institucional y social de aquellos que ostentan el poder. Crímenes permitidos. Actualmente, México y muy especialmente Durango, transita por la difícil carretera de la guerra contra el narcotráfico que ha llevado a cabo el gobierno federal desde 2006.

Ante la violencia desenfrenada y sin control, los peores vicios de la sociedad se desatan: robos, secuestros, impunidad, inseguridad, temor, psicosis, etc.; los resultados de la siembra que –a propósito o no- realizan aquellos que están en el poder.

Ahora bien ¿Quién está en el poder? Como diría Michel Foucault en varios de sus trabajos, existen aquellos quienes poseen el poder y aquellos que realmente lo ejercen. Alguien podrá ser nombrado líder, pero si dentro de la organización existe un “líder moral” que mueve a los demás, será este quien en verdad ejerza el poder.
Ahora retomamos la pregunta ¿Quién ostenta el poder? ¿El presidente? ¿El ejercito? ¿Los medios? ¿Los empresarios? ¿Los narcotraficantes? ¿Los filósofos? Quizá la respuesta solo vague en la dimensión del rumor, una dimensión conveniente para los que “poseen” el poder (sean quienes sean), pues entre menos informada estén las masas, más maleables serán estas (valga recordar la teoría de la aldea global de Marshall Mc Luhan).

El poder le permite a quien lo ostenta tener algo más que dinero, propiedades, inmunidad, etc.; les da eso precisamente, “poder”. Saberse por encima de, poseer control sobre otros. Por eso he llegado a la conclusión –ya podrán darme la razón o no- y en base a las lecturas postestructuralistas y marxistas, de que existen al menos tres tipos de poder: el poder institucional, marcado por las autoridades, el cual sirve de control inmediato y da base al falso discurso de la institución; el poder de control, que lo poseen aquellos que controlan aspectos como la economía, los usos y costumbres, la información, etc.

Por último, y no menos importante, el que he llegado a denominar como poder personal, y es el que nos da la lectura, el instinto inquisitivo y el conocimiento. A través de él podemos ser realmente engranajes del monstruo modernista-institucionalista, o seres independientes que a través del uso de la razón se separan y pueden a su vez infectar desde su interior a la falsa institución.

Ese es el poder que debemos incentivar desde la cúpula de la filosofía.

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