SIGLO XXI: ENTRE LO PÚBLICO, LO PRIVADO Y EL CONSUMO



Por Andrei Maldonado
Basado en la lectura “Consumidores del siglo XXI, ciudadanos del XVIII”, de Néstor García Canclini


The Society advances recently a road course that is torn between following the traditions dictated since ancient times or be left to devour by the monster of consumerism, globalization and neoliberalism. However, perhaps the greatest doubt is in how it defines itself this society, defenders of "popular and the local" mix and new generations who do not conceive imagine their world without brands, social networks and the status imposed from abroad outside.

Cuando en 1994 México entra al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá se entra también, por completo, al sistema neoliberal que se gestaba desde 1982 con la presidencia de Miguel de la Madrid, con lo que muchas de las costumbres y conductas de la sociedad mexicana se verían, a partir de ese momento, severamente transformadas.

Y es que ante un enorme mosaico de nuevos productos y programas de televisión , la sociedad mexicana entró en el proceso de absorción y exaltación de lo “extranjero” como un nuevo status o nivel social contra lo “propio”, que se veía como parte del pasado, antítesis de lo moderno –y por tal- digno de ser desechado.

Si bien esta conducta ya se había gestado desde tiempos ancestrales (valga recordar la tendencia de los grupos y artistas musicales de la escena del rock´n roll de los sesenta, los cuales solo traducían al español las canciones que inmortalizaron originalmente artistas norteamericanos, así como la “mexicanización” del cine de acción hollywoodense de los setentas y ochentas), con la introducción del cine estadounidense a las salas del país (desplazando por completo incluso a los filmes nacionales), la cada vez más variada programación extranjera (impulsada ahora por el nuevo triunfo del neoliberalismo moderno en México, Tv Azteca) y el establecimiento de las marcas foráneas como de lujo y confort, y por lo tanto de “mayor calidad”.
Esta simple “ilusión” por adquirir el nivel sociocultural que poseen los habitantes de los países más desarrollados se convirtió en unos como una ilusión alcanzable y en otros, como medida de segmentación y subyugación del sistema globalizador.

Y es que la globalización no ha dado como resultado una homogeneidad en la integración de las sociedades. Quizá no ha dado ese resultado porque nunca fue su intención darlo. La globalización en México ha tenido el mismo efecto que en cualquier nación latina y que en la mayor parte del globo: una imagen de lo que se desea “global”.

Un ejemplo claro y palpable se está gestando hoy en día desde la cúpula de los medios masivos. Un acontecimiento existe desde el punto en que estos medios deciden si es importante o no, regulando también la frecuencia en que los mensajes de dicha información importante son lanzados a los receptores.

Del mismo modo, esta versión deforme y abominable de la aldea global propuesta por Marshall Mc Luhan ha generado que tengamos una imagen, en cada país, del resto del mundo. Pensamos a una totalidad en base a una particularidad. Por lo que lo mismo un hecho puede tener eco en todo el globo como miles de conflictos bélicos y sociales son simplemente ignorados, incluso en los mismos países donde se gesta la información, puesto que se está más interesado en las bodas reales o el desfile de luminarias en los Óscares que en un sismo o una sequía.

Del mismo modo, lo público y lo privado convergen por canales tan similares que a veces es imposible diferenciarlos. Las instituciones políticas y el Estado vagan en un discurso que intenta, por un lado, aferrarse a una zona de confort establecida por las formas convencionales de generación de información, y por otro, en burdos intentos de accesar, por medio de la imitación, a una generación que a su vez se metamorfea de lo antiguo a lo moderno, de lo local a lo global, y que engendra una generación totalmente cobijada por las nuevas convenciones tecnológicas.

Ejemplo claro está en el desinterés más que marcado por parte de la sociedad en cuanto a temas políticos se refiere. La incapacidad de crear verdaderas respuestas obligan a los actores políticos a emigrar a la esfera del consumismo, de lo comercial, y a proyectarse entonces como un producto, a usar la política y las obras de gobierno como vehículo publicitario y a ver al ciudadano como un target más, un público meta solamente.

Los sectores privados toman el puesto que los verdaderos encargados (el gobierno, los partidos políticos) no saben desempeñar, y es por eso que campañas electorales, procesos de votación, toma de decisiones trascendentales para la nación y demás etcéteras son no solo planeadas, diseñadas y ejecutadas por empresarios nacionales y extranjeros, sino que las recompensas también son cosechadas por ellos.

Y mientras tanto, en pleno siglo XXI, la tan afamada “sociedad civil” sigue adormecida, entre infomerciales de promesas de un futuro mejor y su triste realidad.

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