EL FUTBOL: EJE DE LA CULTURA Y BÁLSAMO DEL PUEBLO
Por Andrei Maldonado
Basado en la lectura “La Diosa Blanca y el Real Madrid. Celebraciones deportivas y espacio urbano” de Carmen Ortíz García
The football soccer, as transforming phenomenon of the uses and customs of societies and masses, create new languages and behaviors in the community, regardless of social class, age, intellectuality, race or gender. It serves as axis Modeler, creator of public spaces and balm of the people. It also represents a possibility for Governments, but also, too represents for the analysis.
Hablar de Brasil nos remite a tres cosas: calor, baile y futbol. Hablar de Inglaterra es hablar del Big Ben, la realeza, el frío y los hooligans. Hablar de España es hablar de flamenco, paella, palacios, Real Madrid y Barcelona. Hablar de Argentina es hablar de tango, Soda Stereo y Diego Armando Maradona. Hablar de México –desde los ojos del mundo- es hablar de chile, tacos, sombrero y el “Cielito Lindo”; curiosamente no solo por el contenido mismo de la canción, sino por la acepción pambolera que esta ha tomado.
Se ha visto como otras naciones –como los japoneses y alemanes- han cantado esta canción en partidos internacionales; canción que, en el ámbito futbolero, remite al amor a la camiseta, al triunfo absoluto, sobretodo venido de la adversidad.
Esta capacidad del balompié de no solo existir a través de sí mismo y de su lenguaje, sino de permear hacia la sociedad, aún en la que no gusta de la práctica o disfrute de este deporte, hace que se convierta de una actividad meramente deportiva a todo un proceso de transformación y transgresión de la cultura digno de analizar.
Un fenómeno creado en recientes fechas y que llamó la atención del mundo era que en cada juego, cuando el portero del equipo visitante ponía en movimiento el balón con un despeje de piernas, los aficionados locales gritaban “puto”, insultando al jugador. Eso el mundo desconocía e incluso se pensaba que era un grito de aliento por que el balón regresaba a cancha, hasta que se comprendió el objetivo real de dicho grito durante el mundial de futbol de Sudáfrica 2010.
Además de los cánticos, alientos y demás animadversiones, el futbol parece también transformar el entorno social, cultural y geográfico alrededor suyo. Comenzando por las costumbres. El lunes es día de comentar lo que ocurrió durante el fin de semana; durante la semana se esperan los juegos del siguiente fin; el fin es para ver futbol al lado de los amigos; el lunes comienza todo otra vez.
Los juegos de media semana son perfectos para romper la sequía. Durante un partido de futbol, ya sea en casa o en el estadio, se canta, se grita el gol, se sufren las desaventuras, se increpa al árbitro, se critica a los jugadores, se cuestiona al entrenador; todo bien acompañado por bebidas y frituras varias, la camiseta del equipo, banderas, pelucas, trompetas y adornos varios. Todo un ritual.
Es en este punto en el que el futbol asalta otro punto clave del análisis del comportamiento humano en sociedad: el espacio terrenal, físico, geográfico. El espacio público. Porque ¿quién dijo que el futbol era exclusivamente una cancha de césped? ¿Quién limita la pasión pambolera a un estadio? ¿Acaso será que el espacio público del fútbol abarca hasta donde se encuentre un hincha del equipo o miembro de una nación?
La pasión desborda, no cabe en un inmueble determinado. Deambula por las calles, por las ciudades, se pasea de boca en boca. Toma por asalto las comidas, las reuniones de trabajo, los cumpleaños y hasta las bodas. No respeta sexo o clase social, edad ni ninguna otra clasificación. Te gusta o lo odias. No hay cabida para términos medios.
Es así que el recinto para el ritual del deporte de los balonazos se transforma de un estadio a una habitación, y de una habitación a una oficina, aun autobús o en una calle. Así como dice Carmen Ortíz referente a la toma y conversión de los espacios públicos con referencia a lo que ocurre en España, aquí en México sucede lo mismo.
Cada ciudad presume al equipo que posee, y entre mejor posicionado se encuentre según en la categoría en la que juegue, la plusvalía de dicha ciudad aumenta. Los espacios públicos, históricos y culturales, son cedidos durante los triunfos deportivos a los “héroes” del pueblo, que convierten al futbol en bálsamo ante las adversidades y conflictos sociales. Carecer de un equipo profesional y más aún de un lugar de celebración demerita a dicha ciudad, y por ende, a la población.
En Guadalajara es la Minerva; en Monterrey la Macroplaza; en el D.F. el Ángel de la Independencia y el Zócalo. Además de que esos lugares se unifican, a pesar de la distancia, para que todo mexicano celebre el triunfo de la selección nacional, festejo que incluso ha influido para la celebración de cualquier logro deportivo –no solo futbolístico- de la nación.
Poseer dichos recintos, como señala Ortíz en su texto, está muchas veces condicionado al equipo al que se apoya, más aún cuando existen dos clubes en la ciudad, como en la Ciudad de México, que el recorrido del ángel a C.U. es de uso exclusivo de los Pumas de la UNAM.
Cuando un mismo estadio es usado por dos equipos antagónicos por historia, como muchos años fue el caso de Atlas y Chivas, resulta una lucha aún más intensa que recibir al visitante (como ocurriría en, por ejemplo, el clásico de clásicos entre América y Chivas) pues hay que demostrarle al otro, tanto en la cancha como fuera de ella, que el territorio les pertenece y el otro es un invasor, un inquilino indeseado.
Analizar al futbol desde el futbol, o solo como un mero distractor político-social sería un error. Basta con ver cómo influye en el espacio aparentemente ajeno: en Puebla existe la calle José Ramón Fernández (cronista deportivo) y en recientes fechas se develó una estatua a Jared Borguetti, ex futbolista del Santos Laguna, a las afueras del estadio Corona en Torreón.
Hay ciudades que incluso basan su economía, su propaganda turística y costumbres de vida por el equipo al que acoge. Díganme si aún así es solo un deporte.
Twitter: @andreimaldonado

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